lunes, 28 de febrero de 2011

El explosivo despertar
del mundo Arabe

Por Héctor Yunes Landa


La Historia nos da sorpresas. Cuando menos podría haberse previsto, cuando la expectativa de todos los informes de inteligencia apuntaba a la posible detonación de un conflicto en alguna otra región, la umma árabe sorprende al mundo y sacude a varios países de la región, todos con características similares en cuanto a historia, cultura y religión, pero también con similares condiciones en cuanto a desarrollo económico y social, así como a sistema de gobierno.

El proceso inició en Túnez, transitó a Egipto y ha llegado hasta Libia, otrora centro del poder regional encabezado por Gadafi, sempiterno líder capaz de desafiar en su momento a los Estados Unidos. El conflicto parece extenderse a otros países árabes, y pudiera llegar a tener consecuencias imprevisibles para el resto del planeta, más allá de su natural repercusión en Medio Oriente.

La nación árabe –si es que hay tal- tiene una peculiar historia de lucha entre facciones que han tratado de imponer su propia visión de orden social y cultural. Aún el propio Mahoma, debió enfrentar una fuerte oposición en su tiempo a su prédica y filosofía religiosa, llegando a sostener un prolongado conflicto armado durante décadas, a partir de su abrupta salida de La Mecca a consecuencia de un intento de asesinato, para apertrecharse en Medina y desde allí encabezar la lucha por la defensa de sus postulados.

De allí que en los países árabes no haya podido ser fecundo el desarrollo de un sistema político similar a como ocurrió en occidente. El dilema entonces que ha pervivido es esencialmente autocrático, aunque existen diferencias de grado entre gobiernos teocráticos o monarquías premodernas donde se observa un mayor grado de liberalización política, acusados éstos, por el fundamentalismo religioso, de estar occidentalizados.

El problema reside, según algunos expertos en antropología política, en que la cultura árabe no se identifica con la noción occidental de democracia, sobre todo con el sentido de real politik que occidente pretende dar a la solución de los conflictos de la sociedad árabe actual. Esto se complica aún más, si se considera que la democracia, si bien ha mostrado que es el menos injusto de los sistemas políticos, ha exhibido desde hace mucho sus límites, sobre todo en las naciones subdesarrolladas, donde a veces aporta más problemas que soluciones.

El problema no es menor, porque a diferencia del conflicto árabe-israelí, que se ha mantenido localizado y ha permitido al resto del mundo mantenerse al margen, esta vez se corre el riesgo de que, ante la insurgencia generalizada, los grupos radicales se hagan con el poder público, y el conflicto se extienda a otras latitudes, y, sobre todo, que el fundamentalismo de estos grupos genere una guerra de proporciones inéditas donde las naciones poderosas tendrían que tomar partido.

No estamos hablando del efecto económico sobre todas las naciones del orbe debido al incremento en los precios del petróleo; tampoco estamos hablando del impacto en las diversas regiones por la propia economía de guerra; estamos hablando de la indeseable pero eventual participación directa de naciones que disponen de armas letales, capaces de ocasionar una hecatombe de proporciones incalculables en el mundo.

Lo que está ocurriendo es el resultado de la insensibilidad de los Estados para entender las expresiones de apertura política y transformación social que sus sociedades expresan. Es el resultado también del perverso afán de mantenerse en el poder, usurpando la voluntad popular de cambio hasta llegar a extremos insostenibles, que resultan en estallidos sociales de consecuencias imprevisibles.

Podría haberse optado por salidas políticas; podría haberse previsto el curso de los acontecimientos, al considerar las injustas condiciones que enfrenta la mayoría de la gente en las naciones árabes. Pero no. Se optó por la cerrazón y el autodiálogo, por la soberbia y la insensatez al pretender extinguir un conflicto por la vía de la “violencia legítima” que invoca el Estado cada vez que la sociedad se radicaliza en la exigencia de sus derechos legítimos. Lo peor es que se siga intentando esa respuesta, por ejemplo en Libia, y en otras partes del mundo.

A nivel mundial, debe considerarse que el fundamentalismo árabe –o musulmán- es resultado a su vez del fundamentalismo cristiano, que durante siglos ha perseguido e intentado aislar a la cultura árabe, para hacerla aparecer como una horda de salvajes incivilizados e incapaces de coexistir con otras culturas. Si a esto se suma, el acoso actual a los árabes por parte del fundamentalismo judío, la cosa se torna en un coctel muy explosivo, que, por el bien de todos, debe empezar a prever formas de solución políticas y diplomáticas, basadas en la equidad, la justicia y el respeto a la otredad, a la diferencia y al legítimo derecho a existir que tienen todos los pueblos y todas las culturas del mundo. Hay que recordar que en la Edad Media, mientras Occidente se debatía en las pestes y el oscurantismo religioso, Bagdad, por ejemplo, tenía decenas de escuelas y varios hospitales, que ya usaban antibiótico para combatir infecciones.

La Yihad debe dejar de tener argumentos al interior de la nación árabe y la mejor forma de quitárselos es con un auténtico replanteamiento de la relación de los países prominentes con los países árabes y su cosmogonía, pero sobre todo con sus legítimos intereses de participación en la economía mundial. Esto no sólo beneficiaría a los árabes, sino incluso daría un nuevo impulso al deplorable estado del sistema económico mundial al inyectarle capital fresco que revitalizaría el ciclo económico.

Claro que esto depende de que la voracidad primitiva y la ceguera de los dueños del capital y la tecnología en el mundo acepte que, incluso para su propia supervivencia, deben renunciar a seguir (des) controlando de manera tan infame la economía, la producción, el comercio y las finanzas internacionales.

martes, 15 de febrero de 2011

Articulista Invitado

El Infortunado Caso Calderón
vs Aristegui

Por Héctor Yunes Landa

“Lo importante no es lo que en realidad es, sino lo que la gente cree que es”. Cien Años de Soledad. Gabriel García Márquez.

El despido de Carmen Aristegui de la empresa MVS es lamentable, una verdadera desgracia para México. No sólo porque representa un agravio a la libertad de expresión, que es el único contrapeso real y efectivo al ejercicio del poder; tampoco porque representa una dolorosa regresión a un pasado que nadie de buena fe quiere de vuelta.

Quizá lo más lamentable resulta del hecho de que el Presidente Calderón ha quedado en una situación muy comprometida frente a la sociedad mexicana a consecuencia de un asunto que si bien no es menor, podría haber pasado de largo, como tantos otros debates mediáticos que a la postre han devenido intrascendentes.

Argumentar que el Jefe de Estado no tuvo nada que ver, sería irrelevante, porque la opinión pública mayoritaria por conducto de las redes sociales e incluso en expresiones públicas de protesta, ha dejado muy claro que piensa lo contrario.

Con este affaire, el Presidente es ahora considerado como un tirano autócrata a quien expresar algo que le incomode es razón suficiente para vulnerar una función vital para nuestra aún incipiente democracia como es la libre comunicación.
Carmen Aristegui es, sin duda alguna, una de las periodistas más trascendentes de nuestro país; se ha destacado por ejercer el periodismo con valor, inteligencia y compromiso con México, sin importarle que por ello, haya sido despedida de varias empresas de comunicación.

Su nivel de análisis y capacidad para entrevistar la han colocado entre las comunicadoras de mayor nivel en Latinoamérica. Es, nadie puede negarlo, una periodista de nivel internacional, su colaboración en la cadena CNN, entre otras, es una buena prueba de ello. Pero no se trata de Carmen, ni de la salud de Calderón; se trata de la salud de la República, o sea, de “La Cosa Pública”.

Subsisten varias interrogantes: ¿Qué motivó realmente el despido de Aristegui? Denisse Dresser lo aborda de forma contundente en su carta abierta a Joaquín Vargas, propietario de MVS, a quien reconoce su trayectoria histórica como independiente, liberal y valiente para enfrentar incluso al poder cuando ha sido necesario, pero reprocha acremente su proceder.

Otra: Si Calderón tomó esta decisión, ¿No hubo alguien que le advirtiera que se curaba un dolor de cabeza con un disparo en la sien? ó ¿No tiene algún asesor prudente y con la confianza para alertarle de los riesgos de la toma de decisiones despóticas? Y en el supuesto de tenerlo, de plano ¿Ya no escucha ninguna opinión sensata?
Es dramática, por elemental, la grave omisión al no considerar el grado de afectación que cualquier asesor de mediano pelo habría advertido en esta errada decisión. La Presidencia de la República queda sin oportunidad de defenderse del señalamiento de proclividad al alcohol que le ha sido imputado desde hace tiempo y que no había hecho mayor mella en el ánimo ciudadano. A partir del despido, el señalamiento adquirió notoriedad, posicionamiento mediático inusitado y, puede concluirse, carta de autenticidad.

Carmen Aristegui queda como víctima del autoritarismo más retrógrada y fortalecida en su posicionamiento como la heroína del periodismo y de la democracia mexicana. Por ello, la Presidencia de la República pierde la partida antes de concluir la confrontación. Además, Calderón termina en dos años; Carmen seguirá.

No es tan grave que un político o un funcionario tenga afición por el alcohol, como el hecho de que no resista un señalamiento o una crítica y responda con intolerancia y autoritarismo.

El verdadero daño reside en el descrédito y el oprobio, así como en la incapacidad manifiesta del Jefe de Estado para manejar las crisis que se le presentan. Lo peor, es que esto barrunta lo que podría pasar en el futuro inmediato, si las cosas no le salen como desea nuestro Ejecutivo Nacional. Como dice Dresser, ojalá que no sucumba a sus peores demonios. Sensatez y cordura, por el bien de la nación.

lunes, 7 de febrero de 2011

Articulista Invitado

La Traición Política Puede
Llevar al Caos

Héctor Yunes Landa

Cuando observamos lo que está aconteciendo en Egipto y en otras naciones del Medio Oriente uno se pregunta ¿Cómo es posible llegar a estos extremos? ¿Por qué la sociedad llega a la desesperación y a la alteración del orden? ¿Acaso los gobernantes no son capaces de prever el rumbo de las cosas?

La respuesta no parece fácil y lo único cierto es que cuando una nación arriba a este escenario se ubica al borde de un abismo que puede llevarla a una guerra civil y a un conflicto muy prolongado y de complicada solución.

Es evidente que el ciudadano llega a esta actitud de rompimiento y desesperación precisamente cuando pierde la esperanza en que sus demandas puedan ser atendidas por el Estado y sus intereses sean efectivamente representados; es decir, cuando pierde su confianza en que el proceso político pueda encauzar y resolver los conflictos sociales.

Esta falta de representación es ocasionada por la cerrazón de un gobierno a escuchar la voz ciudadana del cambio, pero también puede ocasionarse cuando los partidos o los gobernantes no representan un referente claro para dar respuesta a las demandas y necesidades de los grupos sociales y de los ciudadanos.

Lo anterior viene a cuento por lo sucedido en las recientes elecciones de Guerrero y Baja California Sur, donde hemos observado toda suerte de equilibrismo, transfuguismo y trapacerías, en una cínica y burda obsesión por arribar al poder, sin importar la preservación del más elemental sentido de la lealtad, la pertenencia y la coherencia ideológica; lo único que ha importado es ganar, a pesar del costo de colocar a la Política en esos estados, como un tramposo y desaseado proceso de traiciones reiteradas.

Esto no sólo tiene implicaciones éticas y morales, sino también conlleva un riesgo considerable para la estabilidad y el orden social, por la confusión que genera en el ciudadano, en su militancia y valores, en sus aspiraciones y en la defensa de las cosas en las que cree. El gobernador electo de Guerrero ¿estará a favor o en contra del aborto y de la unión de personas de un mismo sexo? ¿Respaldará una mayor apertura del sector energético o se opondrá a ella? ¿Pedirá más recursos para la Universidad de Guerrero o promoverá la educación privada? ¿Está a favor del laicismo o propone una educación confesional?

¿El PRD combate a los caciques o los apoya, como en el caso de Leonel Cota -exgobernador por el PRD y hoy candidato del PANAL a la alcaldía de Los Cabos-, quien traicionó al PRI para hacer ganar al PRD, imponer a su primo como sucesor en la gubernatura y traicionar después a este partido, pidiendo ahora a los ciudadanos sufragar a favor del PRI, afectando incluso a la candidata del PANAL, partido que los postuló en esta elección? o el propio candidato del PAN a la gubernatura, Marcos Covarrubias que es un tránsfuga del PRD.

¿El PAN es aliado del PRD, hay alguna afinidad por remota que sea, o sólo se unen de manera deshonrosa para imponer a un traidor en Guerrero? “Quien traiciona una vez traiciona siempre” decía Don Fernando Gutiérrez Barrios, por eso hay que tener un mínimo de pudor al pasar con descaro de oponerse a un adversario esgrimiendo ideología o proyectos distintos para luego suscribir lo que se combatió de manera furibunda sin la menor vergüenza.

La mayor importancia, reitero, no está en el lado ético, esto es asunto de cada consciencia; el mayor daño está en el desánimo que genera en el ciudadano la perversión de la Política que estos politicastros generan, porque desencanta, desilusiona, decepciona, que durante mucho tiempo se inoculó enemistad y de pronto se pretende sembrar afinidad entre los contrarios, entre los opuestos, entre los espurios y los legítimos.

Casi todas las crisis –incluso las económicas- que está enfrentando el mundo tienen que ver con la carencia de valores y la destrucción de la moral pública. Creo firmemente que la lealtad a una ideología, a un partido y a la defensa de los postulados que un político defiende deben prevalecer por encima de los apetitos de poder.

No se trata de llegar a ser gobernador a toda costa, pasando por encima de quienes han creído en nosotros; se trata de postular una causa, un proyecto y defenderlo, aunque eso a veces nos lleve a un acto de consciencia donde nuestros intereses y proyectos personales pasan a segundo término, y lo más importante, lo esencial, es nuestra lealtad a lo que hemos sido y a la comunidad a la que servimos.

Finalmente, los partidos ganan y pierden, y los políticos vienen y van –sobre todo los tránsfugas- pero los ciudadanos necesitan una efectiva representación política, clara y definida, coherente y confiable, antes que mercenarios que sólo sirven a su propia causa y no les importa traicionar a todas las banderas.

Muchos ciudadanos en nuestro país están perdiendo la esperanza de que los políticos sean capaces de conducir al país por causes auténticos que busquen la consolidación democrática y el progreso; observemos y aprendamos de lo que está ocurriendo en Egipto y Túnez. Tengamos en cuenta que la deslealtad en política es el camino de la traición a los principios y a los ciudadanos. La situación internacional nos está mostrando algo que no debemos soslayar. Tomemos la lección.