El explosivo despertar
del mundo Arabe
Por Héctor Yunes Landa
La Historia nos da sorpresas. Cuando menos podría haberse previsto, cuando la expectativa de todos los informes de inteligencia apuntaba a la posible detonación de un conflicto en alguna otra región, la umma árabe sorprende al mundo y sacude a varios países de la región, todos con características similares en cuanto a historia, cultura y religión, pero también con similares condiciones en cuanto a desarrollo económico y social, así como a sistema de gobierno.
El proceso inició en Túnez, transitó a Egipto y ha llegado hasta Libia, otrora centro del poder regional encabezado por Gadafi, sempiterno líder capaz de desafiar en su momento a los Estados Unidos. El conflicto parece extenderse a otros países árabes, y pudiera llegar a tener consecuencias imprevisibles para el resto del planeta, más allá de su natural repercusión en Medio Oriente.
La nación árabe –si es que hay tal- tiene una peculiar historia de lucha entre facciones que han tratado de imponer su propia visión de orden social y cultural. Aún el propio Mahoma, debió enfrentar una fuerte oposición en su tiempo a su prédica y filosofía religiosa, llegando a sostener un prolongado conflicto armado durante décadas, a partir de su abrupta salida de La Mecca a consecuencia de un intento de asesinato, para apertrecharse en Medina y desde allí encabezar la lucha por la defensa de sus postulados.
De allí que en los países árabes no haya podido ser fecundo el desarrollo de un sistema político similar a como ocurrió en occidente. El dilema entonces que ha pervivido es esencialmente autocrático, aunque existen diferencias de grado entre gobiernos teocráticos o monarquías premodernas donde se observa un mayor grado de liberalización política, acusados éstos, por el fundamentalismo religioso, de estar occidentalizados.
El problema reside, según algunos expertos en antropología política, en que la cultura árabe no se identifica con la noción occidental de democracia, sobre todo con el sentido de real politik que occidente pretende dar a la solución de los conflictos de la sociedad árabe actual. Esto se complica aún más, si se considera que la democracia, si bien ha mostrado que es el menos injusto de los sistemas políticos, ha exhibido desde hace mucho sus límites, sobre todo en las naciones subdesarrolladas, donde a veces aporta más problemas que soluciones.
El problema no es menor, porque a diferencia del conflicto árabe-israelí, que se ha mantenido localizado y ha permitido al resto del mundo mantenerse al margen, esta vez se corre el riesgo de que, ante la insurgencia generalizada, los grupos radicales se hagan con el poder público, y el conflicto se extienda a otras latitudes, y, sobre todo, que el fundamentalismo de estos grupos genere una guerra de proporciones inéditas donde las naciones poderosas tendrían que tomar partido.
No estamos hablando del efecto económico sobre todas las naciones del orbe debido al incremento en los precios del petróleo; tampoco estamos hablando del impacto en las diversas regiones por la propia economía de guerra; estamos hablando de la indeseable pero eventual participación directa de naciones que disponen de armas letales, capaces de ocasionar una hecatombe de proporciones incalculables en el mundo.
Lo que está ocurriendo es el resultado de la insensibilidad de los Estados para entender las expresiones de apertura política y transformación social que sus sociedades expresan. Es el resultado también del perverso afán de mantenerse en el poder, usurpando la voluntad popular de cambio hasta llegar a extremos insostenibles, que resultan en estallidos sociales de consecuencias imprevisibles.
Podría haberse optado por salidas políticas; podría haberse previsto el curso de los acontecimientos, al considerar las injustas condiciones que enfrenta la mayoría de la gente en las naciones árabes. Pero no. Se optó por la cerrazón y el autodiálogo, por la soberbia y la insensatez al pretender extinguir un conflicto por la vía de la “violencia legítima” que invoca el Estado cada vez que la sociedad se radicaliza en la exigencia de sus derechos legítimos. Lo peor es que se siga intentando esa respuesta, por ejemplo en Libia, y en otras partes del mundo.
A nivel mundial, debe considerarse que el fundamentalismo árabe –o musulmán- es resultado a su vez del fundamentalismo cristiano, que durante siglos ha perseguido e intentado aislar a la cultura árabe, para hacerla aparecer como una horda de salvajes incivilizados e incapaces de coexistir con otras culturas. Si a esto se suma, el acoso actual a los árabes por parte del fundamentalismo judío, la cosa se torna en un coctel muy explosivo, que, por el bien de todos, debe empezar a prever formas de solución políticas y diplomáticas, basadas en la equidad, la justicia y el respeto a la otredad, a la diferencia y al legítimo derecho a existir que tienen todos los pueblos y todas las culturas del mundo. Hay que recordar que en la Edad Media, mientras Occidente se debatía en las pestes y el oscurantismo religioso, Bagdad, por ejemplo, tenía decenas de escuelas y varios hospitales, que ya usaban antibiótico para combatir infecciones.
La Yihad debe dejar de tener argumentos al interior de la nación árabe y la mejor forma de quitárselos es con un auténtico replanteamiento de la relación de los países prominentes con los países árabes y su cosmogonía, pero sobre todo con sus legítimos intereses de participación en la economía mundial. Esto no sólo beneficiaría a los árabes, sino incluso daría un nuevo impulso al deplorable estado del sistema económico mundial al inyectarle capital fresco que revitalizaría el ciclo económico.
Claro que esto depende de que la voracidad primitiva y la ceguera de los dueños del capital y la tecnología en el mundo acepte que, incluso para su propia supervivencia, deben renunciar a seguir (des) controlando de manera tan infame la economía, la producción, el comercio y las finanzas internacionales.